Cultura
La marcha de las jacarandas
Sabina Mogur Lim
Anunciaron en la tele que hoy habrá una marcha y que se espera caos vial por todas partes. Mi papá se ha puesto de malas, pues dice que el amontonadero de coches no debe ser más importante que los problemas que obligan a la gente a marchar. Observó el vapor de su café y agregó: "Marchar para manifestar libremente nuestras ideas o inconformidades como sociedad es un derecho que nos otorga la Constitución de nuestro país".
Después, mi tía nos contó que ella asiste desde hace muchos años a la marcha del 8 de marzo, pero que jamás va a olvidar la de 2020. Le pregunté: ¿qué se festeja ese dia? Y ella, muy emocionada, comenzó a hablar:
- Se conmemora el Día Internacional de la Mujer. No festejamos, sino que rememoramos todas las luchas que las mujeres hemos tenido que enfrentar para ser parte de la historia de la humanidad. Por ejemplo, ser reconocidas como ciudadanas y poder elegir a nuestros gobernantes o exigir la creación de leyes que tomen en cuenta nuestras necesidades. Que se acepte que somos personas autónomas que, por lo tanto, podemos decidir sobre nuestra propia vida. ¿Sabías que antes no nos estaba permitido divorciarnos? También, fue todo un logro nuestro acceso a la educación, pues en México se admitieron mujeres en la universidad ¡hasta 1882! Toma en cuenta que la primera universidad se abrió en 1553.
La lucha por los derechos de las mujeres empezó, por lo menos, hace doscientos y tantos años, y hoy continúa vigente. En muchos países, salimos a la calle a marchar para decir: "¡Aquí estamos!". También, pedimos que se realicen los cambios necesarios para mejorar nuestra vida.
Desde finales del siglo xx, en México y otras partes del mundo, existe una situación muy grave de violencia contra nosotras. Algunos hombres y organizaciones criminales tienen la idea de que las mujeres no somos personas sino objetos a su disposición, que nuestro cuerpo les pertenece y que no tenemos derecho a algo, ni siquiera a la vida. Es así como han asesinado a miles de mujeres y otras están desaparecidas. Pero además, muchas de las veces resulta que esos hombres eran personas cercanas a las víctimas, como sus novios, esposos o algún conocido. Este crimen se llama feminicidio.
Sin embargo, a las manifestaciones acudía poca gente. Yo me desesperaba y pensaba: ¿cómo es posible que a nadie le importe?, ¿por qué no vienen a exigir justicia todas las mujeres de la ciudad o del país?
- ya estaba en la estación del metro con mi hermana. Era domingo y los andenes estaban a reventar de mujeres que se dirigían hacia el mismo punto: la estación Revolución. En cada parada, se sumaban más y más mujeres de todas las edades. Algunas llevaban pancartas, otras cantaban con sus tambores y todas portábamos un pañuelo de color verde y ropa morada: los colores que simbolizan la lucha feminista.
Pero llegó el 8 de marzo de 2020. La cita fue en el monumento a la Revolución de la Ciudad de México a las dos de la tarde. La primavera estaba muy cerca y los árboles de jacarandas abrían sus brazos lilas por toda la ciudad. ¡Por primera vez, no iba a ir sola! A la una de la tarde -
Al llegar a nuestro destino, ya nos esperaban mis amigas Alejandra y Berenice, ¡mis amigas más amigas de la vida! Cuando las distingui entre la multitud, me emocioné muchísimo, tanto que Bere me preguntó: "¿Estás llorando, mana?". Yo ni pude contestar... ¡Por supuesto que estaba llorando!, lloraba de emoción, de la inmensa alegría que me daba ver reunidas a tantas mujeres que por fin habían reconocido el problema y estaban dispuestas a apoyar a las demás.
Mujeres por aqui, por allá y por acullá. Podías voltear la cabeza en todas direcciones y la vista era la misma: calles repletas de mujeres. Había niñas, adolescentes, adultas, ancianas y hasta bebés. Hijas, madres, abuelas, estudiantes, trabajadoras, amas de casa, profesionistas. Mujeres ricas, mujeres pobres; las que llevaban años luchando y las que se manifestaban por primera vez en su vida. Verdes, moradas y negras.
Y al frente de esa larga fila que formamos para dirigirnos hacia el Zócalo, con los ojos apagados, pero voz potente, caminaron las madres, los parientes y las amigas de las mujeres asesinadas o desaparecidas. Algunas llevaban fotografías o cruces de color rosa en memoria de las ausentes.
¿En dónde nos duele la ausencia? ¿En qué parte del cuerpo? ¿En qué parte del alma?
¿En dónde nos duele la injusticia? ¿Nos enferma? ¿Qué hacemos con ella?
En las noticias dijeron que fuimos ochenta y cinco mil mujeres quienes marchamos aquel día. Yo creo que éramos muchas más. Cuentan que desde el cielo parecían multiplicarse las flores de las jacarandas: cada flor una mujer morada, cada mujer desbordando su rabia, cada rabia multiplicada en mil voces, cada voz abrazando a las madres "deshijadas".
Cuando mi tia terminó su relato lucia entusiasmada, pero al mismo tiempo, triste. Me miró desde sus ojos grandes y me dijo: "Aquel 8 de marzo fue gigante y yo deseé con todas mis fuerzas que fuera el último porque las cosas cambiarlany no tendríamos que volver a marchar nunca más para exigir el respeto a la vida de las mujeres".
Yo, emocionada, miré el calendario: dentro de un mes florecerán, otra vez, las jacarandas.